martes, 28 de agosto de 2012

La Visibilidad del Arte: Magritte a través de Foucault.


Es especialmente lúcido Magritte al investigar el problema de la representación y la esencia del arte.
Él cuestiona la relación entre las imágenes y las cosas basada en la semejanza representativa. Esto se puede ver en su obra La traición de las imágenes. Michel Foucault le dedicó a esta obra un interesante ensayo titulado Esto no es una pipa. Ensayo sobre Magritte, donde aprovecha para reforzar sus teorías sobre la débil ilusión que liga las palabras y las cosas.
Dos versiones de un mismo dibujo de Magritte, Ceci n´est pas une pipe.
La primera versión es ya inquietante y provoca una serie de interrogantes: la relación-contraste de imágenes y palabras en Magritte, el significado de la negación.
Pero la otra versión aún es más desconcertante, porque las pipas son dos, una suspendida en el vacío y la otra inscrita en una tela: los interrogantes se multiplican. En este caso el problema es triple: la palabra “pipe” no es una pipa, la imagen de la pizarra tampoco es una pipa, pero resulta que tampoco lo es esa enorme “idea platónica de pipa” que flota en el aire.
Esta investigación trata de reflejar las dificultades que presenta el conocimiento o el arte entendido como representación.

Si Magritte no hubiera existido nunca,
Foucault habría tenido que inventarlo para justificar su teoría”.

Esta es una de las frases que escribe Guido Almansi en el prólogo de la obra de Michel Foucault  Esto no es un pipa. Y efectivamente, el imaginario creativo de Magritte se convierte para Foucault en la excusa perfecta para refrendar su teoría sobre la débil ilusión que liga las palabras y las cosas. Magritte se convierte para el filósofo francés en el poeta por excelencia: el cazador de similitudes perdidas, pariente cercano del loco que escucha inescuado el ruido analógico de las cosas. Mientras que Magritte pretendía con su trabajo cambiar la percepción precondicionada de la realidad y forzar al observador a hacerse hipersensitivo a su entorno, Foucault intentó mostrar que las ideas básicas que la gente considera verdades permanentes sobre la naturaleza humana y la sociedad cambian a lo largo de la historia. Los dos son especialmente lúcidos al investigar el problema de la representación y la esencia del arte, pero ambos desarrollan sus teorías y pensamientos por separado, por eso cuando Foucault descubre la obra artística de Magritte quedó impresionado al reconocer en aquellos cuadros parte del pensamiento filosófico que él estaba desarrollando en ese momento. Lo que fascina también al filósofo es el entuerto conceptual en el que nos introduce René Magritte en su obra, pero especialmente en las dos versiones de un mismo dibujo de 1929, titulado Ceci n´est pas une pipe. Foucault encuentra en el pintor un revolucionario de la apariencia-significado que él tanto había estudiado y criticado desde el punto de vista lingüístico-social.
Foucault es uno de los pensadores más importante del S.XX. Nacido en Poitiers, Foucault estudió filosofía occidental y psicología en la École Normale Supérieure de París. Durante la década de 1960, encabezó los departamentos de filosofía de las Universidades de Clermont-Ferrand y Vincennes (conocida de forma oficial como Centro Universitario Experimental de Vincennes). En 1970 fue elegido para el puesto académico más prestigioso en Francia, en el Collège de France, con el título de profesor de Historia de los Sistemas de Pensamiento. Durante las décadas de 1970 y 1980, su reputación internacional creció gracias a las numerosas conferencias y cursos que impartió por todo el mundo.
Las principales influencias en el pensamiento de Foucault fueron los filósofos alemanes Friedrich Nietzsche y Martin Heidegger. Nietzsche mantenía que la conducta humana está motivada por una voluntad de poder y que los valores tradicionales habían perdido su antiguo dominio opresivo sobre la sociedad. Heidegger criticó lo que llamó “nuestro actual entendimiento de ser tecnológico”. El pensamiento de Foucault exploró los modelos cambiantes de poder dentro de la sociedad y cómo el poder se relaciona con la persona. Investigó las reglas cambiantes que gobiernan las afirmaciones que pueden ser tomadas de forma seria como verdaderas o falsas en distintos momentos de la historia. Estudió también cómo las prácticas diarias permiten a la gente definir sus identidades y sistematizar el conocimiento; los hechos pueden ser entendidos como productos de la naturaleza, del esfuerzo humano o de Dios. Foucault afirmaba que la concepción de las cosas tiene sus ventajas y sus peligros. El pensamiento de Foucault se desarrolló en tres etapas.
La primera, en Locura y civilización (1960), que escribió mientras era lector en la Universidad de Uppsala, en Suecia, reflejó cómo en el mundo occidental la locura –que alguna vez se pensó infundida por inspiración divina- llegó a ser considerada como enfermedad mental. En esta obra intentó exponer la fuerza creativa de la locura que había sido reprimida tradicionalmente por las sociedades occidentales.
En su segunda etapa escribió Las palabras y las cosas (1966), una de sus obras más importantes.
Por su parte Rene Magritte, nació en Lessines, Bélgica 21 de noviembre de 1898. Tras el suicidio de su madre en 1912 se trasladó a Charleroi, donde estudió el bachillerato y se entusiasmó con las películas de Fantomas. Cursó estudios en la Academia de Bellas Artes de Bruselas. En 1922 se casa con Georgette Berger, una amiga de su juventud, quien le sirve de modelo.
Su primera exposición individual fue en Bruselas en 1927. Al año siguiente participó en la primera exposición colectiva de los surrealistas en Paris, donde frecuentó el círculo surrealista, que incluyó a Jean Arp, André Bretón, Salvador Dalí, Paul Eluard, y Joan Miró. Para entonces Magritte había ya empezado a pintar en el estilo que predominó a lo largo de su larga carrera. Vuelve a Bélgica en 1930.
Expone por primera vez en Nueva York en 1936, alcanzando fama mundial. Recibe el Premio Guggenheim en 1956. Visita Estados Unidos por primera vez en 1965, con ocasión de  una retrospectiva en el museo del arte moderno en Nueva York.
Diestro y meticuloso en su técnica, es notable por obras que contienen una extraordinaria yuxtaposición de objetos comunes en contextos poco corrientes dando así un significado nuevo a las cosas familiares. Esta yuxtaposición se denomina con frecuencia realismo mágico, del que Magritte es el principal exponente artístico. Murió el 15 de agosto de 1967 en Bruselas.

Magritte cuestiona la relación entre las imágenes y las cosas basada en la semejanza representativa. Su obra es más conceptual que la de otros contemporáneos suyos. Mientras que Dalí invoca al subconsciente emocional, Magritte apela a la inteligencia del espectador, buscando siempre la contradicción intelectual o verbal. Por ejemplo, el título de sus obras es también surrealista y raramente se corresponde con el contenido. Respecto a lo anteriormente dicho, Magritte odia la contemplación, quiere que el espectador de su obra sea un sujeto activo, que participe intelectualmente en sus cuadros. Él concibe sus cuadros no sólo para el disfrute de la contemplación estética, él quiere ir más allá, quiere que sean objetos para pensar, pensamientos hechos imágenes, ideas plasmadas con pinceladas, un estudio que nos introduce en el conocimiento metafísico, en definitiva una forma muy diferente y novedosa de vivir el pensamiento, y eso es lo que busca Magritte con su imaginario metafísico surrealista.
Las imágenes de Magritte funcionan como metáforas; son, por tanto, de naturaleza poética. Raramente son inquietantes, pero nunca terroríficas como las de Dalí, Ernest y otros pintores surrealistas. La pintura de Magritte excluye cualquier pathos trágico en aras de la continuidad sin fronteras entre realidad y misterio. Esa condición tiene que ver con la ausencia de cualidades plásticas en los objetos pintados en sus cuadros, representados de forma neutra. Como el dibujo funcional publicitario con que a veces se ganó la vida. Esa opción refuerza el carácter conceptual de la pintura de Magritte, cuya indiferencia ante el objeto artístico esta próxima a los ready-mades de Marcel Duchamp, a pesar de las grandes diferencias aparentes entre la obra de ambos artistas. En esa fría y gris uniformidad de sus cuadros radica todo su poder de sugestión acerca de lo relativo de la presencia y ausencia de las cosas y de los vínculos entre ellas y nosotros, una más cercana a las corrientes conceptuales del arte del S.XX que a las más específicamente pictóricas.
La pintura de Magritte funciona como engaño evidente, más allá de las intenciones en ocasiones pedestremente revolucionarias del artista que descubría simultáneamente un mundo de subversiones conceptuales verbalmente limitado e icónicamente vastísimo.
Esto no es una pipa fue el cuadro más representativo del conflicto del objeto, palabra, la apariencia y la función, y ese fue el cuadro que atrajo la curiosidad de Foucault a la obra de Magritte. De dicha curiosidad nació el ensayo Esto no es una pipa de Foucault sobre Magritte. En este texto el filósofo francés intenta descifrar el acertijo trazado por el pintor belga e indagar en las diferentes vías que la enigmática pintura de Magritte propone. Se encuentra así, un lugar para la comprensión dentro de la esquizofrenia de significados que supone una representación artística de un pensamiento, o toda representación, sin más. Un pulso entre lo pictórico y lo lingüístico, entre el artista y el receptor-pensador, entre apariencia-representación y significado.
Foucault para desenredar y profundizar en el mundo poético de Magritte tomó como referencia una obra muy concreta del pintor, y esa misma obra dará titulo al ensayo del filósofo, Ceci n´est pas une pipe. Un interesante ensayo que en común con su conocida obra Las palabras y las cosas, pone de manifiesto las complejas relaciones existentes entre lenguaje y pensamiento y la manera en que ambos se estructuran.
El libro cuenta con un maravilloso prefacio de Guido Almansi (1931-2001), seguido del ensayo de Foucault que se articula en seis epígrafes: “Dos pipas”, “El caligrama desecho”, “Klee, Kandinski, Magritte”, “El sordo trabajo de las palabras”, “Los siete sellos de la afirmación” y “Pintar no es afirmar”. La publicación concluye con dos cartas de René Magritte al filósofo fechadas ambas en 1966 –siete años antes de la 1ª edición del ensayo-. En esas dos cartas podemos apreciar las buenas relaciones existentes entre el pintor y el filósofo.
En la primera de ellas, Magritte explica al filósofo francés la diferencia de significado entre las palabras Semejanza y Similitud, recrimina a los diccionarios porque no son capaces de discernir tal diferencia, y él mismo explica la diferencia entre estas palabras: “Las cosas” no tienen entre sí semejanzas, tienen o no similitudes. “Los guisantes entre sí tienen relaciones de similitud, a la vez visibles (su color, forma, su dimensión) e invisibles (su naturaleza, su sabor, su peso).
 Para Magritte ser semejante pertenece al pensamiento. Por tanto la semejanza es invisible del mismo modo que lo son el placer o la pena, pero la pintura entraña una dificultad ya que existe el pensamiento que ve y que puede ser descrito visiblemente:Las Meninas son la imagen visible del pensamiento invisible de Velásquez”. En dicha disertación acaba afirmando que no hay por qué conceder más importancia a lo invisible que a lo visible, y viceversa, ya que lo visible puede ser ocultado, pero que lo que es invisible no oculta nada. Al final de la carta le dice al filósofo que le envía unas reproducciones de sus cuadros para que le dé su opinión, entre esos cuadros se encuentra Esto no es una pipa. Foucault nos priva de poder disfrutar de su contestación a esta carta, y su opinión sobre las reproducciones que le envía Magritte.
Pero en la segunda carta que envía Magritte al filósofo francés podemos intuir algunas cosas: Magritte en la segunda carta contesta a una pregunta de Foucault sobre su cuadro Perspectiva. Le Balcon de Manet. En esta obra Magritte reproduce una obra de Manet pero con una ligera diferencia, las figuras humanas que aparecen en el cuadro de Manet han sido sustituidas por ataúdes. La escena, por el contrario, es la misma. Objetos inertes ocupan el lugar de lo que en un pasado fueron seres vivos. La seda y las gasas se han convertido en madera de pino, en el símbolo de una muerte inevitable. Magritte responde magistralmente a la pregunta formulada por Foucault: “…lo que me ha hecho ver ataúdes allí donde Manet veía figuras blancas es la imagen mostrada por mi cuadro, donde el decorado del “Balcon” era adecuado para situar allí ataúdes”.
El “mecanismo” desempeñado aquí puede ser objeto de una explicación científica de la que me veo incapaz. Esta explicación podría ser válida, incluso cierta, pero no por ellos dejaría de ser un misterio. Además en esta carta el pintor elogia en concreto un ensayo del filósofo, Las palabras y las cosas, y finaliza diciéndole que estaría encantado de poder saludarle en su próxima exposición pictórica en París a finales de año (1966).
La unión de estos dos pensadores es lógica a la vez que extraña, dos personas que se dedican al pensamiento desde dos corrientes distintas pero que llegan a conclusiones muy parecidas, tal vez les una a ambos el significado “perpetuo” de las cosas. Pero ellos después de sus investigaciones, vieron que el significado de las cosas no es perpetuo, cambia, evoluciona, se modifica, como casi todo, ya nos lo dijo Heráclito, todo es cambiante, nada es permanente. Tal vez lo único que permanece es su estructura, las letras, pero el significado que envuelve las letras, Magritte y Foucalt sabían que cambia casi imperceptible. Así que cuando Foucault vio el cuadro de Magritte, se quedó desconcertado. Tenía aquel dibujo tan simple como él mismo dice en su libro: “El dibujo de Magritte (por el momento no hablo más que de la primera versión) es tan simple como una página sacada de un manual de botánica”, cuál era el enigma que inquietaba al  filósofo, algo había en ese cuadro que alteraba su razón. Lo que le extrañaba no era la “contradicción” entre la imagen y el cuadro, la razón era que tan sólo podía haber contradicción entre dos enunciados, o en el interior de un solo y mismo enunciado.
Foucault solo veía uno, y dijo que no era contradictorio puesto que el sujeto de la proposición es un simple demostrativo. ¿Entonces?¿Dónde residía la inquietud de este caligrama según él? La conclusión fue que lo desconcertante del cuadro es que resulta inevitable relacionar el texto con el dibujo, a lo cual nos invitan el demostrativo, el sentido de la palabra pipa, el parecido con la imagen, y que es imposible definir el plan que permita decir que la aserción es verdadera, falsa, contradictoria.

Nunca la representación de la vida es lo mismo que la vida. Ni los datos son los hechos, ni los mapas, el paisaje, la ciudad, la tierra misma. Decimos mientras mostramos la foto de mamá que ahí esta mamá, pero sin mentir no decimos la verdad.
Necesitamos de datos, de mapas, de imágenes. Requerimos referencias para poder organizar nuestra mente, incluso para organizar lo que no se puede organizar, los sentimientos. Incluso también utilizamos esas referencias que he nombrado anteriormente para definir lo que somos, para delimitar lo que nos falta… Avanzamos con frecuencia en plena oscuridad como los seres que habitaban la caverna platónica, pero como ellos sólo nos damos cuenta de la ausencia cuando por fin lo oculto se ilumina y de nuevo ponemos forma a la cosa. ¿Cuánto nos queda entonces por recorrer, por nombrar, tal vez –y sobre todo– por sentir? Hay veces que decimos: la vida me pertenece. O ¿no será que somos cada cual quienes pertenecemos a la vida?
Esto no es una pipa, pintó Magritte. Lo tituló La traición de las imágenes, una traición, que como la pipa, sólo es su representación.

Celia Usó Espinosa





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