martes, 28 de agosto de 2012

RENÉ MAGRITTE - SURREALISMO


EL SURREALISMO DE MAGRITTE

En Diciembre de 1929, dos años después de enrolarse en las filas del grupo surrealista de París, Magritte publicaba en La Revolución Surrealista su principal contribución a la revista que servía de órgano de expresión al grupo. Se trataba de un recuadro que, bajo el título Las palabras y las imá­genes, recogía dieciocho pequeñas viñetas comentadas por breves textos axiomáticos. Así, "un objeto no cumple jamás la misma función que su nombre o su imagen" se ilustra con un caballo, su efigie pinta­da en un cuadro y un persona­je diciendo la palabra "caballo; "un objeto no guarda tan estre­cha relación con su nombre que no se pueda encontrar otro que le convenga mejor", está seguido del dibujo de una hoja y la palabra "cañón" ; una mujer diciendo "el sol" se glosa con la frase "una palabra puede sustituir a un objeto en la reali­dad", y así sucesivamente.



REALIDAD Y POESIA

Este sencillo manifiesto da idea cabal de la naturaleza de toda la pintura de Rene Magritte. Sería un error pensar que se trata tan sólo de ilustrar o demostrar una teoría previa, o como a veces se ha dicho con afán denigra torio, de una pintura literaria. La obra de Magritte se funda en la conciencia de que las relacio­nes entre los objetos, sus nom­bres y sus significados y funcio­nes son mucho más débiles de lo que la certidumbre de la rutina hace creer. Su propuesta pictórica es sugerir orga­nizaciones distintas de la reali­dad cuyo valor esencial sea de carácter poético. En ese senti­do, es una pintura conceptual, ajena a los valores propios de la tradición pictórica, como el color, la textura o los contras­tes de luz y sombra. El objetivo de Magritte es un arte revela­dor y crítico, que impugne el orden establecido y consagrado de la realidad como condición necesaria para la liberación del espíritu; un objetivo ple­namente identificado con el programa del surrealismo, aunque su diferencia con los planteamientos de otros pro­tagonistas del mismo movi­miento es también notable.

EL REVÉS DE LA TRAMA

Como en otros muchos casos, la andadura surrealista de Magritte comienza antes de su contacto en París con el grupo de André Bretón, que no se pro­duce hasta 1927. La influencia definitiva para el pintor belga es la obra de Chirico, que conoce a principios de los años veinte. El núcleo parisino está consti­tuido sobre todo por escritores -Bretón, Aragón, Eluard, Artaud-, y su argumento cen­tral es el de la escritura auto­mática que libera el mundo del sueño y el deseo. La pintura surrealista sigue como puede el camino señalado por los poetas, escogiendo para ello vías dife­rentes. La principal dificultad radica en las limitadas posibili­dades que los procedimientos automáticos ofrecen a los artis­tas plásticos; por eso la mayo­ría de los pintores los abando­nan de forma más o menos explícita. Sin embargo, casi todos permanecieron fieles al inconsciente freudiano como cantera principal de su activi­dad. Esa es la singularidad de Magritte respecto a los demás pintores surrealistas: los sue­ños y los deseos no son el ori­gen de su pintura, fruto de una operación intelectual que bus­ca realidades insólitas en el revés de la trama de la realidad cotidiana. Quizá por eso su relación con Bretón -que es como decir con el surrealismo canónico- fue siempre tenue; constante, sin llegar nunca a la ruptura plena, pero distante.

JUEGOS CONCEPTUALES

La pintura de Magritte utiliza, por lo tanto, objetos familiares para el espectador representados "según sus detalles aparen­tes" -es decir, de forma objeti­va- entre los que se establecen relaciones desconcertantes. Ese giro se produce por meca­nismos diversos, que pueden ir desde la simple descontextuali-zación -bosques formados por bolos o balaustres de madera, cascabeles que flotan en el aire- a la asociación conflictiva -un rostro formado por un tor­so femenino desnudo, con los senos por ojos y el sexo por boca- o paradójica -nubes que se cuelan por las puertas abier­tas, paisajes pintados que se confunden con el paisaje real que representan-. A lo largo del tiempo Magritte irá pulien­do y complicando cada vez más ese juego conceptual, sacándole todo el jugo posible a las asociaciones que se esta­blecen entre los objetos por contigüidad y analogía, como en el lenguaje de la publicidad. A la combinación insólita de imágenes comunes se irán aña­diendo los objetos que se transforman en otra cosa con la que guardan algún tipo de relación, bien sea por cercanía o por oposición, de forma que una manzana o un disco solar pueden ocupar el lugar de la cabeza ausente de un persona­je, o una hoja sostener pájaros en sus nervios como si de las ramas de un árbol se tratara.

IMAGEN Y METÁFORA

Las imágenes de Magritte fun­cionan como metáforas; son, por tanto, de naturaleza poéti­ca. Raramente son inquietan­tes, pero nunca terroríficas como las de Dalí, Ernst y otros pintores surrealistas. La pintura de Magritte excluye cualquier pathos trágico en aras de la continuidad sin fronteras entre realidad y misterio. Esa condi­ción tiene que ver con la ausen­cia de cualidades plásticas en los objetos pintados en sus cua­dros, representados de forma neutra, como en el dibujo fun­cional y publicitario con que a veces se ganó la vida. Esa opción refuerza el carácter con­ceptual de la pintura de Magrit­te, cuya indiferencia ante el objeto artístico está próxima a los ready-mades de Marcel Duchamp, a pesar de las gran­des diferencias aparentes entre la obra de ambos artistas. En esa fría y gris uniformidad de sus cuadros radica todo su poder de sugestión acerca de lo relativo de la presencia y ausen­cia de las cosas y de los víncu­los entre ellas y nosotros, una estrategia intelectual mucho más cercana a las corrientes conceptuales del arte del siglo veinte que a las más específicamente pictóricas.











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